Se conocieron en Valparaíso en la ceremonia de colocación de la primera piedra al dar inicio a la construcción del hotel más elegante de Chile.
- ¿Cómo encontró al nieto del banquero?
- Simpático, simpático papá
- ¿Cómo encontraste a la hija de Don Damián?
- Simpática...simpática abuelo
A ella le agradó la forma sencilla y directa como la abordó
- Por fin tengo el honor de conocerla señorita María de las Mercedes. Hace tres años que trabajo en la constructora de su padre y sólo sabía de usted por terceras personas.
- Y yo sabía de usted que lo tenían relegado en las mojadas tierras de Osorno.
- Así es señorita, construí decenas de puentes. Es una región llena de ríos.
- Y de alemanes, agregó ella.
Fue el inicio de una conversación que duró una vida.
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Conversaron de finanzas, de ganancias y pérdidas, del deseado éxito y del posible fracaso.
Coincidieron en algunos conceptos y discreparon en otros. Discutían y llegaban a acuerdo. Siguieron así los tres años que demoró la obra. Fueron tantas las interconsultas que se hacían que muy pronto ninguno de los dos fue capaz de tomar una decisión sin pedir la opinión del otro. Se volvieron colegas inseparables y en todas partes y a toda hora se les veía juntos. Nunca pensaron que la sociedad se había formado un feo concepto de su proceder.
Al día de la inauguración del nuevo “Gran Hotel París” fueron invitadas las autoridades y lo más rancio de la sociedad chilena.
María de las Mercedes se preocupó por primera vez de vestirse elegantemente. Sus ropas eran siempre sobrias y prácticas, como único adorno usaba dos peinetas de nácar que sujetaban su cabellera en un firme moño a la usanza andaluza. Nadie la consideraba una mujer ni medianamente hermosa. Quizá muy alta, quizá muy fortachona, quizá con falta de coquetería. Para esta oportunidad contrató una “madame” francesa que sabía de la exquisita moda, de peinados y de maquillaje. – Para que me atienda sólo a mí, le explicó, y se la llevó al puerto.
La abuela Rosario a la que el paso del tiempo había quitado su porte no pudo quitarle su aire aristocrático, su sangre azul y su mirar imponente y protector. Orgullosa afirmándose en el brazo de su nieta hizo la entrada al gran salón. Ambas lucían un traje negro. La anciana uno con finos encajes y una cruz de oro sobre su pecho. Sobre su alba cabeza llevaba una diadema antiquísima. La nieta vestía un ceñido traje de crep con un gran escote a la espalda. Su blanca tez, heredada de los de Lorca se realzaba finamente por el maquillaje que le aplicara la francesa. Su negra cabellera heredada de los Ancahual caía trenzada y entrelazada con hebras de plata, con mostacillas y lentejuelas simulando una cascada celestial que se deslizaba con magia desde su nuca hasta la cintura donde remataba con un broche de esmeraldas y brillantes.
Diadema, cruz y broche se guardaban celosamente por generaciones en el cofre de las joyas de los de Lorca y Origuela.
Abuela y nieta se veían magníficas.
Enmudeció la concurrencia para luego estallar en aplausos.
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En Agosto de ese mismo año falleció doña Rosario y la familia de Lorca, encontrando que ya se había cumplido el tiempo de duelo, invitaron a su sobrina María de las Mercedes y al empleado de su padre, Samuel Irigoyen a una tertulia familiar. A ella, conociendo las costumbres de su grupo social le extrañó mucho la invitación.
- Sería mejor que no fueras, Samuel.
- Porqué, si estoy invitado, claro que iré.
Ella no se atrevió a explicarle que la cita le parecía una trampa
- Se quieren aprovechar que ya no está mi abuela, murmuró, iré preparada; ya encontraré argumentos para defenderme y defenderlo a él.
Todas las sillas del recibidor estaban ocupadas. Las viejas tías, cinco primas, el marido de una de ellas que ostentaba un alto cargo en el gobierno, un tío anciano, ciego y sordo que inspiraba es respeto al grupo.
Sin preámbulos se fueron al meollo del asunto.
- Mire María de las Mercedes su comportamiento, el trato que tiene usted con este joven está perjudicando a toda la familia. Usted está arrastrando por el lodo nuestro linaje y buen nombre; esto tiene que terminar. O ustedes se casan o se despiden aquí y ahora para siempre.
Samuel no entendió, su cuna era diferente.
- Nos casaremos mañana, dijo y asustada por su osadía miró a Samuel con temor de ver en él un rechazo. No fue así. Un estremecimiento recorrió su cuerpo y se iluminaron sus ojos
- Está bien María de las Mercedes, mañana nos casamos.
Por supuesto que amor como el que se exigía en el hotel romántico de doña Rosario no sentían y por no transgredir las normas ni siquiera trataron de pasar la semana allí.
Nunca pensaron que en el lecho nupcial se complementarían tanto y mejor que en las matemáticas. Por eso, si antes pasaban todo el día juntos ahora pasaban el día y la noche juntos. Las veinticuatro horas y si más horas hubiese tenido un días, más horas hubiesen pasado juntos. Dos años después se produjo el primer embarazo, pero ni la gravidez los pudo separar. Cuando la fecha estuvo demasiado cerca para el nonato se quedaron los dos en casa.
¿y los negocios?
¡Que esperen!
El día que llegó la comadrona ésta le indicó a Samuel, con palabras autoritarias que se encerrara en algún rincón lejano y que no molestara.
Escogió la biblioteca-escritorio y pareciéndole insoportable la espera decidió distraerse con lápiz y papel y dejando correr su fantasía bosquejó el plano de una casa; le puso balcones, campanario, escalera de caracol, le subió el techo, le agregó miradores y terrazas, cambió ventanas chicas por ventanales y ya estaba por agregarle un tercer piso cuando le anunciaron que había sido varón.
Nació Claude Pierre. Fue un pensamiento ajeno hecho voz a través de sus labios.
El calendario marcaba el año 1922.
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A la semana se apareció la ñaña Malincha. Vino expresamente de San Bernardo a conocer al nieto (¿o bisnieto?). Lo desnudó, revisó sus piesecitos deteniéndose en los talones, levantó sus piernecitas y auscultó el término del espinazo. Lo volvió a empaquetar y lo colocó en su cuna sin decir palabra. Miró a su hija y le preguntó:
- ¿Por qué estás en cama?
- Es que nació hace sólo una semana
- ¿Estás enferma?
- No mamá, es que nació hace sólo una semana.
- Si no estás enferma levántate, le ordenó y agregó para sí; ¡las cosas de esta gente!
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María de las Mercedes se sofocaba en casa, quería seguir haciendo la vida de siempre por eso llegó la nodriza con su recién nacido y amamantó al hijo del patrón primero y luego al propio.
En la cocina la alimentaba con las comidas especiales: caldo de gallina vieja, papillas de cuaquer, leche nevada, matecito caliente a toda hora y café de malta con yema de huevo.
Sólo en las horas oscuras gozaba el pequeño del olor de su madre, de su dulce leche, de los arrumacos en sus brazos y pasaba la noche en la cuna muy cerquita de su cama.
Por siete veces a los dos años y un mes se cambió el ocupante de la cuna. El octavo se quedó allí hasta que no cupieron ni sus brazos, ni sus piernas y menos su cabecita que se golpeaba en las paredes arrancándolo del sueño con llantos de dolor.
Al igual que se cambiaba al niño en la cuna se cambiaba la nodriza en la cocina. La que se iba llevaba a su hijo de la mano, una faja de billetes entre las pechugas y quince kilos más de carne entre piel y huesos.
El encierro de Samuel se repitió ocho veces y nunca confesó que eran las horas más lindas que vivía. Mucho antes dejaba correr sus fantasías imaginando la próxima casa que iba a diseñar; no necesitaba las matemáticas para construir esas casas de mentira, por eso volaban vigas, materiales nuevos, puertas en alfeizares imposibles, escalas y escaleras, áticos mágicos con ventana redonda y vista a la cordillera nevada. Si la espera lo permitía amoblaba las piezas inventando espacios y formas nuevas.
Cada plano fue dedicado al hijo por nacer. Los archivaba cuidadosamente y sólo llegaron a las manos de ellos cuando ya Claude Pierre cumplía los dieciocho años y Benjamín apenas uno y medio.
La vieja casona de la Merced con sus tres patios, sus cocheras y caballeriza fue vendida a las monjitas de la caridad que levantaron un orfelinato con colegio y un gran huerto.
Los Irigoyen Darrac cambiaron su residencia. Construyeron un palacete de tres pisos de un estilo afrancesado con porche y escalera de mármol blanco con pasamanería de bronce. Lo levantaron en la punta de diamante que temerosamente se acerca a las riveras del Mapocho, allá donde la calle del río se une con la alameda. El patio grande dio cabida a la cochera, caballeriza y el ala para el servicio.
La fortuna de la familia se hacía visible ostentosamente.
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Los niños tuvieron una infancia feliz con una madre ausente que nunca los corregía y unas nanas querendonas. No faltaron las rondas, el azúcar candia pasó por prenda, el ¡compra huevos?, los disfraces en primavera y los cuentos de brujas en la cocina calentando leche con chocolate sobre la gran estufa a carbón.
Una vez al año venían las tías Irrigoyen con toda la chiquillada. Venían al bautizo del recién nacido. La abuela Elisa y la ñaña Malincha nunca participaron de estas ceremonias.
Cuando en las vacaciones largas pasaban un mes en San Bernardo con la abuela Darrac, ñaña Malincha, la felicidad era completa.
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Damián Darrac no puso objeción cuando su mujer quiso quedarse para siempre en el “Gran Hotel Paris” de San Bernardo.
Allí había un enorme huerto donde se cultivaban hortalizas, verduras y frutas para surtir los hoteles más cercanos.
Allí se sentía bien Malincha palpando la tierra y criando animales.
Supervisaba el trabajo de los hortelanos que en su mayoría era de su misma raza. Se entendía con ellos y ellos la respetaban sabiéndola hija del cacique Ancahual.
Allí estaba también la carreta con las pertenencias de su ruca nupcial. Solía limpiarla con esmero y cuidado como en un ritual y no dejaba que nadie la intruseara; no se lo permitía ni a sus nietos.
En el mes de las vacaciones largas hacía fogatas al medio del patio, calentaba piedras y luego amasaba harina de piñones con semillas de hualputra; amasaba pancitos largos que llamaba catutos y los ponía a dorar sobre las piedras; uno para cada uno; untados en miel derretida a los niños les sabían a manjar de dioses.
Otras veces faenaba palomas del palomar y les decía que eran perdices, las adobaba con diferentes yerbas cuyos nombres iba mencionando.. La vieja india había superado la nostalgia por las rucas con olor a humo y el sentir sus pies desnudos deslizándose por la tierra apisonada, pero la nostalgia por los sabores de las comidas de su pueblo esa sí que estaba siempre presente en su paladar. Por eso mandaba todos los años a uno de os mocetones al sur con órdenes de traer un gran atado de diversas yerbas que debía conseguir entre su gente o recolectarlas en los campos del Toltén. Este de paso preguntaba por María Rita y las noticias que ama no eran nada agradables porque la muchacha, ya toda una mujerona araucana, lideraba un grupo de indios rebeldes que a la antigua usanza daba malones robando y saqueando la hacienda de los colonos.
Se había cambiado el nombre renegando la sangre de su padre y todos la conocían como Galvarina Ancahual la Brava. Doña Malincha se cuidaba muy bien de que su esposo no lo llegara a saber.
Haremos fuego con leña de arrayán decía en otras oportunidades y nadie sabe de donde sacaba esos leños rojos que parecían encendidos antes de prenderles fuego; las liebres que no eran más que conejos de corral, al calor de sus brasas quedaban riquísimos.
Al anochecer se sentaban en su cálido regazo y todos escuchaban atentos los cuentos sobre las lejanas tierras del sur, donde los peces saltan del agua la canasto con sólo tocar la trutruca. Les hablaba de la gente valiente que seguía al puma para castigarlo por haberse comido el potrillito de la yegua negra.
Los niños supieron del hulmo que se llena de abejas y que de sus ramas mana la rica miel. Supieron del canelo que con solo tocarle su tronco regaba piedritas de oro al contorno de su sombra. Les contó de los senderos mágicos en el bosque y del gran hueco en el tronco de un árbol que tiene mil años.
La india de ojos color zafiro y cabellos color cobre sabiamente enlazaba lo real con la fantasía y sus nietos conocieron así árboles, flores, pájaros y animales autóctonos. Aprendieron el amor por la selva del sur y por la vida sencilla en casitas de techo de paja y puertas de cuero peludo.
Cuando un avispado le preguntaba cómo sabía esas cosas le respondía.
- Cuando pequeña viví allá un tiempo
- ¿Y aprendió todo eso?
- Todo se aprende si se quiere aprender, contestaba.
Cada año el último día de esas vacaciones llegaban desde Santiago a San Bernardo los coches de la familia trayendo a toda la gente de la casa. Llegaban para celebrar, junto al servicio del hotel y los hortelanos con sus mujeres y chiquillos, una fiesta de convivencia entre patrones y empleados.
Temprano se prendía las brasas para asar la riquísima carne de caballo que se adobaba a la usanza araucana con la sazón que sólo doña Malincha sabía preparar.
Bajo la sombra del parrón se comía, se cantaba y se bailaba al ritmo de la trutruca y la guitarra. Cuando la chicha comenzaba a fermentar en el cuerpo de los indios el abuelos tomaba a sus nietos, los subía al coche y regresaban a la ciudad.
- ¡Muchcai ñaña Malincha...muchcai ñañita...hasta el otro verano...gritaba hasta que la nube de polvo los separaba de San Bernardo.
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Damián Darrac, ya retirado de los negocios se fue a vivir con su siempre amada Malincha y alcanzaron a gozar unos par de años.
- Esposo mío, le dijo una mañana ¿Podrías ir al almacén de Irigoyen a traerme
una pieza de tela gruesa para coser jardineras para los hortelanos? De paso visita a los niños y diles que los estaré esperando.
Damián pensó en las vacaciones largas, pero le extrañó porque aún faltaban varios meses. Ella suele hablar así, se dijo y no pensó más en el asunto.
No bien se hubo perdido por el recodo del camino llamó a sus coterráneos y les pidió que empujaran su carreta hasta el centro del patio, allí donde tantas veces hizo fogatas con los nietos.
Ellos supieron de inmediato que comenzaba una ceremonia, se retiraron unos pasos y guardaron silencio. Ella acercó los tronco de arrayán, los ganchos del canelo y cubrió todo con hojas de boldo, luego con una tea encendida les prendió fuego. Ardió todo lentamente hasta que sólo quedaron sus piedras sobre el montón de cenizas. Estuvo horas contemplándolas y sus compañeros siguieron en silencio.
Calculando que ya las cenizas se habían enfriado se envolvió en una hermosa piel de puma, se recostó sobre ellas, cerró sus ojos y se perdió en los bosques de la araucanía.
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Ya no hubo vacaciones largas en San Bernardo, y los cuentos de brujas y la leche con chocolate en la cocina fueron reemplazados por los recuerdos de los cuentos de la abuela ausente. Los más pequeños que casi no la conocieron supieron por sus hermanos de la selva, del puma, del agüita de boldo, de las piedrecitas de ore, de la gente valiente y de la vida sencilla.
Los cuentos ya sabidos iban creciendo en detalles, en osadas hazañas y riquísimas comidas. No hubo ni uno de los niños Irigoyen Darrac que no deseara con vehemencia conocer esa tierras del sur.
- No sólo conocerlas, agregaba alguno, tenemos que construir nuestra casa al pie de la selva.
Crecieron con ese deseo y lo volvían a mencionar una y otra vez en las reuniones familiares. Los años pasaban y el sueño no encontraba el momento para concretarse.
Mucho después cuando ya todos habían formado familia y el espacio se hizo estrecho para la nueva generación y las vacaciones largas se volvieron demasiado largas, tomaron el proyecto en serio y buscaron el lugar en el lejano sur para construir la casa.
- ¿Está cerca de la selva... tiene senderos el bosque... hay ríos... hay troncos huecos?
- Si, si, si respondía el que había encontrado el terreno apropiado.
El Benjamín sacó a relucir el plano que le papá había dibujado el día de su nacimiento y todos convinieron que era el perfecto.
- ¿Le pondremos techo de paja?
- Claro
- ¿Le pondremos puerta de cuero?
- Claro
- Y la casa anexa con un gran fogón, piso de tierra y un gran telar para entretenerse?
- Por supuesto
La llamaron la casa del puma y la habitaron en cada vacación larga. A veces
llegaban todos en la misma fecha, otras veces por grupo y otras veces sólo los adolescentes con un montón de amigos.
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No hay mal que dure cien años ni felicidad que dure para siempre. Se venía venir. Los malos augurios lo anunciaban, comenzaron con el canto del gallo a las cuatro de la tarde. La Rufina corrió a tirarle el cogote y servirlo de cazuela al día siguiente. Luego fue el aullido lastimero del perro guardián en la noche de luna llena, siguió con la menguante y llegó a la luna nueva. La Francisquita soñó que se le caían las muelas y la Challito se vio vestida de novia en un altar con adornos negros: velas negras, tules negros, flores negras. Poco después volvió Mery Ann con llanto desconsolado de la escuela, su espejito con marco de nácar que le había heredado la abuela Elisa se había quebrado sin motivo alguno.
La vieja Rufina sabía interpretar estos signos y con cada nuevo que se presentaba
se ponía más tensa y rezadora. Puso estampitas en las camisetas de los niños, mantuvo encendida la vela de su altar particular. Cuando amaneció muerto el canario y el helecho comenzó a secarse entró en pánico y corrió a la capilla del convento a buscar agua bendita y la roció por todos los rincones de la casa y del patio.
Un día oscuro del mes de Junio volvió Claude Pierre del liceo directamente a la cocina para hablar con ella con gran misterio.
- Cuénteme hijo ¿qué le pasó?
- Fue una gitana nanita, me interpeló a la salida del colegio; no pude negarme,
mis compañeros prácticamente me obligaron: que no sea francés amarrete, que no seas aguafiestas y que aquí y allá hasta que le di la moneda a la mujer. Ella tomó mi mano, la miró con atención, puso en ella mi moneda y me apretó el puño, dio media vuelta y casi
corriendo y restregando sus pies descalzos en la dura tierra se alejó y dobló en la primera esquina. Todo el grupo se dispersó y se alejó sin hacer comentarios.
- ¡Ay hijo, ay hijo de mi alma, póngase este escapulario! Y sacando uno nuevito de su bolsillo se lo colgó al cuellos.
- Después del almuerzo rezaremos todos juntos el rosario; hasta al Pancho lo haré venir.
No hubo rosarios ese día, ni volvieron a haber malos augurios.
A la una de la tarde con treinta minutos paso por la puerta grande María de las Mercedes en estado profundo de catarsis y la seguía en andas el cuerpo de Samuel, ensangrentado y sucio de escombros de una antigua muralla de adobe que lo sepultó a la edad de 45 años.
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Se recuperará diagnosticó el doctor, pero ya habían pasado más de dos meses en que María de las Mercedes Darrac viuda de Irigoyen se había sumado en la inconciencia.
La situación se volvió caótica en la constructora, en la cadena de hoteles y hasta en su misma casa.
Los empleados, los concesionarios, los socios y los obreros todos querían saber en que condiciones se encontraban y cómo les afectaba en sus ganancias. A todos les parecía que en un caso así era el hijo mayor el que debía asumir la responsabilidad. Sus hermanos, sus tíos, su nana Rufina y hasta el cochero que lo conocía desde pequeño opinaban lo mismo. El único que aconsejaba paciencia era el abuelo Sebastián. No le agradaba pensar que en su nieto se repetiría el destino de Elisa.
Fue en la mañana del 6 de Septiembre cuando un poderoso rayo de sol abrió paso entre los pliegues de la cortina para golpear directamente en el corazón de la catársica viuda.
Se agitó su pecho, despertó su alma, abrió los ojos, posó su mirada en el almanaque y leyó Septiembre 6. El reloj marcaba las 8 horas. Con agilidad insospechada se incorporó y tiró del cordón de la campanilla. Se revolucionó la casa y en tropel se abalanzaron todos sus moradores a la alcoba de la dama.
- ¿Qué les pasa a ustedes; porque no se han vestido los niños, no tienen clases?
Rufina tráigame el desayuno, Teruca prepáreme el baño, Carmela abre las ventanas y saca del ropero mi traje de “twet” inglés. Que Pancho apere el coche descapotable, el que tiene el escudo de los de Lorca y Origuela, lo quiero con los alazanes. De prisa, de prisa a las 10 tengo junta general de accionistas en el banco.
Allí estuvo a las 10 en punto ocupando el sillón presidencial para dirigir la sesión. En ella hubo acuerdo unánime que el Banco Cumming estaba solidamente resguardado de los embates de la crisis y que sin duda vendrían nuevamente días de prosperidad. Por eso concluida la reunión atravesó la calle, entró en la casa importadora de autos y se compró un FORD tamaño grande. Volvió en auto a su casa.
Pancho, los coches y los caballos fueron enviados a Valparaíso y se ubicaron a la puerta de los tres hoteles “Gran Hotel Paris” para el deleite de los visitantes que recorren en ellos las calles pintorescas del puerto.
Nunca volvieron a nombrar a Samuel, ni para bien ni para mal. Nadie sabe lo que su viuda siente o piensa. La vida tuvo que tomar su rutina, los recuerdos podían esperar. Pero todos en la casa saben que en las noches de cielo estrellado, quien aguce bien el oído la podrá escuchar en amena charla con su difunto marido.
Ya sea por un consejo de éste, ya sea por iniciativa propia junto con traer el auto nuevo trajo también nuevas costumbres. Por eso ese mismo año aun guardando un poquito de luto por don Samuel se celebró con toda la familia el cumpleaños número 42 de doña María de las Mercedes. Con tiempo se cursaron las invitaciones que no dejaron de provocar agrios comentarios, pero en la fecha indicada ni uno dejó de asistir.
- Total estaremos en familia no más, se dijeron para aplacar el remordimiento del luto no observado.
Llegaron las cuñadas Irrigoyen Cumming con toda la prole, las primas de Lorca con sus maridos o con algún hijo solterón, el pariente que ya se había retirado de la política y hasta un familiar Darrac desde Francia. Con él mantenían una estrecha amistad epistolar.
La dueña lució sobria y elegante en su traje negro luto con la cruz, la diadema y el broche.
Nunca más se pasó por alto esta fecha y hoy cuando ya los hermanos han tomado cada cual su camino por el mundo están obligados a concurrir. Obligados, pero gozosos.
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Tres hijos varones estudiaron economía y finanzas, dos hijas estudiaron contabilidad y dos cocina internacional. Claude Pierre aceptó su destino y junto a su madre está a la cabeza de todos los negocios familiares.
No se conformó con no haber podido seguir una carrera universitaria y suplió esa carencia haciéndose autodidacta en el estudio del comportamiento humano. Se apasionó con el tema, lo profundizó durante largos años. Se documentó en grandes bibliotecas del mundo, mantuvo correspondencia con otros con otros interesado y no escatimó esfuerzo ni dinero para hacer llegar a sus manos todo lo que sobre esa materia se había escrito. Ya ha editado varios ensayos de psicología y sociología. Todo el personal que se contrata en la empresa es seleccionado por él; reconoce el carácter de la gente con sólo verla caminar. Lo rodean buenos amigos a los que no les importa que su penetrante mirada traspase sus conciencias.
- ¿Cómo estoy hoy francés?
- Estás enojado con el mundo ¡Hombre!
- ¿Cómo estoy hoy francés?
- A punto de caer en las redes de una mujer
- ¿Cómo estoy hoy francés?
- Estás contento, casi eufórico
Sus amigos ríen y bromean porque siempre acierta. Ha vivido grandes amores, pero nunca los anuda en matrimonio. Dicen las malas lenguas que es culpa de su madre.